Mostrando entradas con la etiqueta Vygotsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vygotsky. Mostrar todas las entradas

31.8.15

Oliver Sacks: tutor resiliente en un mundo incierto

a Manuel, mi hermano



"Hace 15 segundos que se murió el poeta, y hace 15 siglos que notamos su ausencia, creíamos entonces que estábamos de vuelta cuando faltaba tanto de ausencia y de poeta" Silvio Rodríguez


Hace unos meses leí desde su cuenta de Twitter (@OliverSacks) el texto en el que Oliver Sacks anunciaba que le quedaban dos meses de vida. El llanto fluyó simplemente. Hay demasiado de la obra de Sacks en la memoria. Hoy que conocemos su fallecimiento esa memoria se me desató. 

Era el año de 1999 en la Ciudad de México cuando viví una de las experiencias que más han formado lo que hoy soy, no sólo en cómo veo el mundo, sino en cómo actúo en el. Mi maestro y amigo Juan Manuel Sánchez me invitó a trabajar con él en el albergue de personas indigentes Plaza del Estudiante, que se encontraba en la plaza del mismo nombre, en el Centro Histórico, en un edificio que había sido una cárcel. El albergue fue desmontado en 2007 y vuelto una plaza de comercio. El nombre del albergue y la plaza se debían a la Casa del Estudiante, hospedaje de jóvenes que vienen a estudiar a la ciudad, con 105 años de historia, y donde alguna vez fueron acogidos, en diferentes épocas, personajes como José Vasconcelos, Ernesto Che Guevara y Tina Modotti. 

Dejé el trabajo burocrático que por varios años me había permitido sostener la carrera de psicología y los primeros años de mi hija Brenda, y eso me sacudía de entusiasmo, y de expectativas miles de por fin vivir la oportunidad de un campo de pruebas en el terreno; y vaya que la aventura del viaje al país de los y las personas sin casa trastocó mis seguridades personales y epistémicas. Nada de lo que he aprendido en educación formal puede compararse a lo que de ahí aprendí sigo aprendiendo.

Fue además ese tiempo, 1999-2001, un periodo donde se conjugaron experiencias que en su momento rebasaron lo que era capaz de enfrentar y entender. Dos de ellas significativas fueron la huelga de la Universidad Nacional Autónoma de México, y la muerte de mi madre Margarita Urías Hermosillo. Ambas situaciones las viví desde el albergue, que llegó a volverse mi propia casa. 

Es común escuchar eso de que "si estudias psicología es porque necesitas terapia", y, quitando el tono de burla, tiene mucho de cierto. Uno no estudia por una parte y vive por la otra, la mente no aparta el conocimiento de lo personal, y eso ocurre lo mismo en psicología, que en sociología, física o mecatrónica. Sacks habla de ello en el último texto que publicó: 


"Desde mi infancia he tenido la tendencia a afrontar la pérdida —pérdida de personas queridas— recurriendo a lo no humano. Cuando, siendo un niño de seis años, me enviaron a un internado a principios de la II Guerra Mundial, los números se hicieron mis amigos; cuando regresé a Londres a los 10, los elementos y la tabla periódica se convirtieron en mis compañeros. Las épocas de tensión a lo largo de mi vida me han llevado a volverme, o a volver, a las ciencias físicas, un mundo en el que no hay vida, pero tampoco muerte."

Cuando iniciamos en el albergue la realidad puso a prueba nuestros conocimientos y nos exigió nuevas lecturas. Cada noche se recibían entre 150 y 300 personas sin techo en una rutina institucional que no descansaba: baño, cena y cama. Una actividad que absorbía todas las energías del personal del albergue y sus recursos (lavandería, limpieza, cocina). La institución (en ese tiempo DIF-DF) definía la asistencia a las personas sin casa de esa manera, como si brindar agua caliente, jabón y toalla, fuera todo lo que las personas indigentes merecieran. 

Lo que no veían las directoras de la oficina central era que el albergue constituía una sociedad, un micromundo complejo y humano, conformado tanto por los hombres y mujeres sin casa como por el personal a cargo del albergue. En el albergue había rituales y prácticas establecidas en un ambiente continuo de conflicto e incertidumbre, se notaba la huella de anteriores autoridades (por ejemplo, cargos extraños que solo se explicaban cuando se conocía el contexto en el que se habían establecido), pero también soluciones locales producto no pocas veces de la negociación entre trabajadores y "beneficiarios", como los etiquetaba el sistema. 

Por supuesto que había desigualdad, abusos y negligencia, pero esa sociedad del albergue no puede ser captada por un esquema simplón de mala-institución-contra-pobre-víctima. Aunque los indigentes tuvieran siempre una circunstancia más precaria, ello no impedía que resistieran a su manera y dejaran siempre marcas de su identidad. Recuerdo el caso de un señor sin casa que logró beneficios extraordinarios a través de quejas en la comisión de derechos humanos. También debe decirse que muchas mujeres y hombres realizaban su labor en el albergue con gran profesionalidad, sensibilidad y compromiso, a pesar de las pésimas condiciones laborales, no solo era poco el salario, estaban contratadas temporalmente, y no se les brindaba tiempo para capacitarse y desarrollarse.


El mundo que "descubrimos" en el albergue Plaza del Estudiante cuestionaba todos nuestros marcos, y sobre todo hacía temblar esa confianza en el mundo con la que solemos movernos, con soberbia e insensibilidad. Conforme nos sumergimos en ese mundo se fue haciendo muy tenue, hasta casi desaparecer, la frontera que creemos hay entre nosotros y ellos. Porque en la interpelación con esas mujeres y hombres sin casa te das cuenta de lo frágil que es sostener la esperanza, porque hay encanto y una seducción en la belleza y la paz de esas gentes que, como dice Patrick Declerck, han dejado de “creer -todo en su comportamiento lo indica- en el progreso, en el alegre futuro de los esfuerzos colectivos, en el porvenir del hombre.”

La aventura en ese mundo requeriría una novela para poder comunicar sus cualidades, sus abismos, sus tragedias y sus altísimas enseñanzas de dignidad humana. Hoy ha venido ese mundo atravesando la puerta de la memoria que abrió la partida de Sacks. Y eso se debe a que su obra quedó entreverada en mi experiencia del albergue como si de una persona de carne y hueso se tratara, un compañero de aventura que siempre dio ánimos, motivando a seguir en las situaciones más difíciles, compartiendo diferentes maneras de mirar y sentir la condición humana. 

Cuando empezamos a trabajar en el albergue no conocíamos a Sacks. De entre mis escapadas a la biblioteca de la universidad en busca de algo que pudiera ayudarnos, seguía las huellas de los trabajos de Alexander Luria, sin mucho éxito porque desgraciadamente no tuvieron ediciones importantes en México. De esas búsquedas tengo el vago recuerdo de leer en alguna parte que Sacks era uno de los autores que seguía la tradición neuropsicológica de Vygotsky y Luria, y después volví a ver su nombre en la tapa de un libro que se volvería nuestro libro de cabecera: Un antropólogo en Marte. 

Sacks se volvió parte del equipo de trabajo del albergue. Manuel y yo discutíamos sus casos y relatos, apropiándolos como parte del marco que construíamos sobre la propia práctica. Recuerdo la importancia que tenía para mí su voz en primera persona, expresando sus dudas, su falta de entendimiento, su humildad frente a la "imaginación de la enfermedad". Esa voz hacía de Sacks alguien con quien, aún con su amplia erudición, podía uno entablar una relación horizontal y dialogar. 

Esa voz de Sacks se parecía a mi propia voz. Hablaba desde los mundos desconocidos que son posibles gracias a las respuestas, adaptaciones y creaciones de las personas frente a la enfermedad y el déficit. Sacks siempre termina mirándose y dudando de sí mismo a través de la inmersión clínica-antropológica-narrativa en las vidas de los otros. Sacks se para frente al umbral de lo otro, suavizando la diferencias, ablandando los límites, encontrando palabras o imágenes para lo indecible.




Fuimos muy afortunados de contar con su voz. En el albergue una gran cantidad de "beneficiarios" tenían deterioros neurológicos (los "psiquiátricos", en la jerga institucional). Había muchos que sufrían de epilepsias crónicas mal-tratadas, a quienes se les daba a veces si, a veces no, medicamento antiepiléptico. Había demencias, Parkinson, síndromes Tourette, ceguera por abuso de sustancias, diferentes daños por lesiones y por abuso de drogas. Las pautas para trabajar con estas personas habían sido establecidas en la práctica, sin marcos, ni protocolos. Y el personal del albergue, sin acceso a información y capacitación, había inventado maneras de lidiar el día a día con esta población.

Recuerdo a Violeta, una mujer joven que sufría crisis epilépticas largas, sin convulsiones, que podía seguir caminando y hablando como si estuviera consciente, y que bajo ese estado podía responder agresivamente a la interacción. El personal se había acostumbrado a amarrarla. A veces era difícil distinguir si la epilepsia había iniciado el episodio de conducta agresiva, o al revés, si una situación violenta (cotidianas en su contexto) había disparado la epilepsia. Una vez entro a la oficina perseguida por un policía de guardia, se subió a un escritorio y se desnudó mientras le decía: ¡cógeme! 

La situación de Violeta en el albergue podía cambiar drásticamente solo con saber reconocer los síntomas de su epilepsia y con proporcionarle los medicamentos continuos. Pero se requería mucho más que diagnósticos y fármacos, lo que urgía era un cambio de enfoque que devolviera a las personas sin casa su dignidad, y que permitiera también al personal del albergue contar con herramientas y guías para una intervención integral. Sacks fue parte de las lecturas que propusimos a los grupos de trabajadoras sociales, médicos y enfermeras del albergue. Nos ayudaba a compartir esa mirada del adentrarse al otro, como en Chesterton, uno de los favoritos de Sacks:


"Cuando el científico habla de un sujeto, nunca se refiere a sí mismo, sino siempre a su vecino; probablemente a su vecino más pobre. No niego que esa árida luz pueda ser de utilidad alguna vez; aunque en cierto sentido es el mismísimo reverso de la ciencia. Tan lejos está de ser conocimiento que de hecho es la supresión de lo que conocemos. Es tratar a un amigo como un extraño y fingir que algo familiar es realmente remoto y misterioso. Es como decir que un hombre tiene una trompa entre los ojos, o que cada veinticuatro horas cae una vez en un arrebato de insensibilidad. Bueno, lo que llamas 'el secreto' (de mi método) es exactamente lo opuesto. No intento salir del sujeto. Intento adentrarme en él." (G. K. Chesterton, El padre Brown)

Hay que mencionar que quienes solían tener mayores dificultades para modificar su esquema de trato con los indigentes eran los médicos. Una tendencia de la formación médica, que he visto repetirse en otros escenarios, a omitir la perspectiva del sujeto, a dejar cerrada la puerta a lo singular y lo diferente. 

Recuerdo una anécdota. Una de las sagas más hermosas de relatos sacksianos son los casos del síndrome de Tourette, ese padecimiento donde la persona puede llegar a "ser solo tics". A pesar de ser descrito a finales del siglo XIX por Gilles de la Tourette, el síndrome desapareció casi por completo de los reportes médicos hasta la década de 1970; un caso de historia de la ciencia que Sacks analiza en Escotoma: una historia de olvido y desprecio científico. 

Cuando se lee la descripción de los síntomas del síndrome, "exceso de energía nerviosa y una gran abundancia y profusión de ideas y movimientos extraños: tics, espasmos, poses peculiares, muecas, ruidos, maldiciones, imitaciones involuntarias y compulsiones de todo género, con un humor extraño y juguetón y una tendencia a juegos de carácter extravagante y bufonesco", sucede un efecto de percepción por el cual se logra observar el síndrome en las calles. 

Estaba fresca mi lectura de los casos de síndrome de Tourette cuando llego Mario, un indigente que rápido llamó la atención en el albergue por sus estrafalarias ocurrencias, tics y muecas. Cuando le comenté al médico de guardia mi observación, el me explicó con mucha seriedad que Mario más bien tenía histeria conversiva, frente a lo cual me quedé estupefacto. Era el médico quien apelaba a una noción psicológica. 

Una madrugada de guardia en el albergue demostré que Mario sufría tourettismo. En la oficina pusimos música. Una de las observaciones de Sacks es que los tics y las compulsiones pueden detenerse cuando el enfermo se entrega a una actividad rítmica. Uno de sus casos era un maestro de improvisación de jazz en la batería. Así que puse cumbia y propuse bailar, Mario de inmediato llevo a una de las compañeras trabajadora social a la "pista" (el espacio entre los escritorios). Durante toda la pieza, Mario bailo espléndidamente, de manera fluida y sin asomo de tics. 

La aventura terminó bruscamente cuando cambió el gobierno de la ciudad. Y cuando nuestros experimentos se ponían más interesantes. Uno de nuestros sueños era hacer mesas redondas públicas en la Plaza del Estudiante, donde los sin casa tuvieran un foro para expresar y discutir los temas que les interesaran con escritores, artistas y diferentes invitados. Cuando ingenuamente expusimos la idea a las autoridades, la respuesta fue: "esa población no es capaz de hacer algo así, no pierdan su tiempo". 

Sigo pensando que un foro así no solo es posible, sería un lugar de tremendas consecuencias para ellos, ellas y para l@s normales. El pensamiento que pone límites a las personas enfermas o discapacitadas sigo imperando, bajo los mismos dogmas pedagógicos que estructuran el acto educativo por etapas de "lo más básico a lo más complejo". Pero Sacks enseña otra cosa, y en ello sigue el espíritu de Vygoysky, quien pensaba que "la educación va siempre a pasos, ¡cuando lo que se necesita es dar saltos!". Que los límites del desarrollo humano al ser construidos por nosotros, no están fijos para siempre, y no se puede determinar la emergencia de nuevas potencialidades.


"La extraordinaria plasticidad del cerebro, de su capacidad para las más asombrosas adaptaciones, sobre todo en los casos especiales (y a menudo desesperados) de una desgracia neural o sensorial, ha llegado a dominar mi propia percepción de mis pacientes y sus vidas. Tanto que, de hecho, a veces llego a preguntarme si no habría que redefinir los conceptos de 'salud' y 'enfermedad' para verlos no ya en los términos de una 'norma' rígidamente definida, sino en términos de la capacidad del organismo para crear una nueva organización y un nuevo orden que encajen con su disposición y sus exigencias, tan especiales y alteradas." (Oliver Sacks, Un antropólogo en Marte)

De varias maneras, implícitas muchas, Sacks influyó en esa etapa de mi vida. Se volvió lo que Boris Cyrulnik llama tutor de resiliencia, porque de manera indirecta acompañó mi propio desarrollo. Me aportó un marco de referencia útil en los vínculos con las personas indigentes, y esa experiencia marcó también mis otras relaciones, y la forma de ver mis propias limitaciones e incertidumbres. 

PD 1: he hablado en tono personal de mi experiencia en el albergue, sin mencionar casi a l@os compas con quienes compartí esta aventura inolvidable: va un abrazo muy fuerte a Fabiola, Rosalba, Frank, el Doc y Manuel.

PD 2: Encontré este video que tiene fotos muy buenas, especialmente porque en casi todas hay rostros conocidos.






24.1.12

Emerge Aula Abierta

Somos periferia. Vista del distribuidor vial Ermita-Zaragoza, el edificio del fondo a la derecha es Casa Libertad, ex-cárcel de mujeres, de la Univeridad Autónoma de la Ciudad de México, UACM, donde trabajamos en el Aula Abierta.



A casi tres años de comenzar este blog he sentido la necesidad de renombrarlo, es la primera vez que me ocurre algo así, tal vez hable este gesto de mi propia geografía de aprendizajes. Ciertamente el último año mi identidad digital y la forma en que se colisiona con mi práxis educativa han dado vuelcos. Releo el primer post del blog "Los nervios del profesor en la primera clase", la narrativa del nuevo inicio como hoy:

empiezo mi curso siempre de la misma manera, comunicando a los estudiantes que otra vez tengo dudas y no sé cómo empezar, expresando mis sentimientos desde este lado. Alguno de ustedes pensará “¿Qué tipo de profesor es este que habla de lo que siente?, esto sí que es raro”. Y no lo culparé. Para nosotros, los y las profesoras son hombres y mujeres de hierro, siempre con la respuesta a todas las preguntas, capaces de desplegar ante nuestros ojos esa magia de discurso y pizarrones, de conocimientos, capaces de decir qué hay que hacer y cuándo, y con el poder para decir que es conveniente aprender y qué no, y cuál es la mejor forma de hacerlo. En un sentido se parecen a los padres, pero ese es otro tema. El asunto es que tenemos una imagen del super-profesor, pero ¿Alguna vez se pusieron a pensar que los profesores también son personas?

Así comenzaba Enseñanzas implícitas -que hoy cambia de piel-, un proyecto personal para publicar los resultados de exploraciones en el sentir y hacer docente, por ello la descripción del blog decía: "Borradores de la escritura de la educación para compartir". Durante este tiempo ocurrió una avalancha de des/aprendizajes, des/cubrimientos, y encuentros con mucha gente linda y llena de utopías. En la universidad, sobre todo estudiantes y docentes que han decidido apostar en colectivo por una nueva educación, en tiempos grises, tiempos del "fin del mundo". En la web social, una constelación de maestros-acompañantes en esta aventura de la disrupción de la piel tecnológica. Harto agradecido estoy. Procesos que se irán anotando y reescribiendo.


Vista de Casa Libertad del satélite en google maps


Quisiera ahora borronear sobre el título y descripción de esta nueva piel.


Aula abierta


Imagen: en un museo del futuro se monta una exposición sobre los espacios de la escuela, "instituciones del ayer". Frente a la recreación de un aula -con sus pupitres/bancas/sillas, pizarra, mesa del docente- un par de chicos comentan: "raro lugar para aprender, no?".


El aula abierta comienza reconociéndonos como sujetos completos y diversos, y, proceso doloroso para los cuerpos que hemos aprendido en la institución escuela, reconociendo las maneras en que nuestro actuar como docentes/alumnos sostiene la simulación del aprendizaje escolar. El aula abierta es un aula íntima, de construcción de confianza y diálogo. Este esfuerzo tiene raíces en muchos lugares, épocas y colectivos, por ejemplo en las misiones pedagógicas de la segunda República española, o en la expedición pedagógica nacional colombiana.


Por supuesto que aula abierta cobra sentido también ahora que las TIC están modificando la plataforma -los instrumentos culturales que modifican la psique, decía san Vigotsky- para aprender y construir conocimiento. No sabemos hacia dónde nos llevará el aula abierta subida en la más potente tecnología del conocimiento hasta ahora creada, el único símil histórico que encuentro no es la imprenta, sino la navegación en el siglo XVI.



In/docencia


Hasta hace poco el discurso de la formación docente (didáctica, curricular, profesional, etcétera) se enfocaba en lo que el/la docente debía adquirir, aprender, sumar a su experiencia. Cada vez más se habla de lo contrario, de lo que necesita soltar, desaprender y hasta olvidar. Nos damos cuenta de que si deseamos ser agentes del cambio educativo necesitamos atravesar una trasformación corporal de nuestro rol en la estructura social de la enseñanza institucionalizada. El término in/docencia sostiene una tensión entre la función docente y su indisciplinamiento, en un juego que es como decía mi querido Manuel un jugar con los elementos rituales de la cultura escolar.



Des/aprendizaje

Tal vez el término adecuado sea multi/aprendizaje, porque lo que buscamos es diversificar las formas, las prácticas del aprendizaje en sus múltiples localidades de deseo, cultura y emergencia. Pero por lo pronto des/aprendizaje es necesario por su incorrección política, que pone el índice en la llaga: lo que creíamos era aprendizaje es sólo un horizonte limitado al que volvemos por comodidad y conformismo cultural. Nos mantiene en guardia.

Volveremos sobre estas nociones, ahora no me queda más que darles una fraternal bienvenida a la nueva época de este blog, agradecer su lectura, y, espero,  deconstrucción y diálogo, que para eso se hacen estos post!



25.4.11

Aprender a ciegas, el deseo de la imagen y la educación (in)visible [sentires y lecturas]




A Ana Olguín, compañera de aprendizajes: bien sabes que los aprendizajes invisibles duran dos o tres años, algunos veinte, y cuando ocurren no hay cosa más hermosa. Tú misma eres agente de la invisibilidad, en el consultorio, en el aula y en otros espacios. 
no conozco ningún atajo que permita descubrir al instante la signi­ficación potencial de los aspectos corrientes y enigmáti­cos de la vida de un aula (Philip W. Jackson)
Lo cotidiano es ordinario porque, después de todo, es nuestro hábito, o hábitat; pero puesto que esa misma inhabitación se nos hace perceptible de vez en cuando –a nosotros que la hemos construido– como extraordinaria, cabe concebir que algún otro lugar, o este lugar construido de otro modo, ha de ser lo que es ordinario para nosotros (Stanley Cavell)
los hábitos de utilizar correctamente los órganos mentales y fisiológicos de la vista se hacen automáticos, así como pasa con los hábitos de usar la garganta, la lengua y el paladar para hablar o las piernas para caminar (Aldous Huxley)


El deseo de la imagen


A veces el asombro se presenta a través de la obra de un ser humano, de la energía que nos invade constatar una creación, del sorpresivo giro que produce su contacto. El asombro que nos regala otra existencia es vital: en el asombro se funda una relación de respeto y amistad, una complicidad electrizante, porque "sabemos" y gozamos a un mismo tiempo. Desde un principio la obra de Evgen Bavcar penetró con asombro algo íntimo de mí forma de 'ver', más correctamente de 'no ver' el mundo. 

Dice Bavcar: "El hecho de que la gente me interrogue con tal insistencia acerca de por qué tomo fotografías, y de que se sorprenda de que efectivamente tenga la capacidad para producir imágenes, es consecuencia de prejuicios psicológicos, históricos y sociológicos acerca de los ciegos". Con agudeza señala Bavcar la soberbia social y al hacerlo desenmascara su centralidad en la imagen, pone el estigma adecuado con sus palabras y con su actividad. Salta Bavcar frente a nuestras narices evadiendo la ley de gravedad: es un fotógrafo ciego. Este in-vidente nos comparte en su obra una experiencia de la que podemos aprender, nosotros los videntes, qué es ver.




Yo fotografío lo que imagino, digamos que soy un poco como Don Quijote. Los originales están en mi cabeza. Se trata de la creación de una imagen mental, y de la huella física que mejor corresponde al trabajo de lo que es imaginado.


Lo importante es la necesidad de las imágenes, no cómo son producidas. Esto significa simplemente que cuando imaginamos cosas, existimos: no puedo pertenecer a este mundo si no puedo decir que lo imagino a mi propia manera. La imagen no es necesariamente algo visual: cuando un ciego dice que imagina, significa con ello que él también tiene una representación interna de realidades externas, que su cuerpo también media entre él y el mundo
Tener una necesidad de imágenes es crear un espejo interiorizado, en otras palabras, un speculum mundi que expresa nuestra actitud hacia la realidad que yace fuera de nuestro cuerpo. El deseo de la imagen es, entonces, el trabajo de nuestra interioridad, que consiste en crear, a partir de cada una de nuestras miradas auténticas, un objeto posible y aceptable para nuestra memoria. Sólo vemos lo que conocemos: más allá de mi conocimiento, no hay vista. El deseo de imágenes consiste en la anticipación de nuestra memoria, y en el instinto óptico que desea apropiar para sí el esplendor del mundo: su luz y sus tinieblas.
Lo que significa el deseo de las imágenes es que, cuando imaginamos las cosas, existimos. No puedo pertenecer a este mundo si no puedo decir que lo imagino de mi propia manera.






La educación debe ir a saltos


Recuerdo aquellas "prácticas" de la asignatura de Sensación y Percepción que eran ya costumbre cuando estudié en la Facultad de Psicología: los pasillos, escaleras y patios de la escuela eran de pronto tomados por equipos de tres o cuatro estudiantes que guiaban y cuidaban a una compañera o compañero que con los ojos vendados (con un paliacate, bufanda o corbata) iba dando tumbos con las manos extendidas en su breve tour "a ciegas" por el mundo. A los profesores se les había ocurrido -no se sabe bien cuándo- que tal actividad tenía un valor formativo para los nóveles psicólogos. A mi siempre me ha parecido una estampa de nuestra limitada idea de lo que significa humanamente ver -los prejucios sobre la ceguera que nos desnuda Bavcar.

Todo el empirismo tosco de estímulos y receptores -y también todo cognoscitivismo- palidece ante la noción de "deseo de la imagen", de memorias y tactos intensificados de la fotografía del ciego Bavcar. Su caso (y el de muchos fotógrafos ciegos) desdibuja nuestra concepción de lo posible -nuestra conservadora delimitación de lo qué es o no es posible. Bavcar no es una "persona con capacidades diferentes", no es el minusválido aquí, todo lo contrario, es, en un sentido profundo, un hombre en el uso pleno de sus facultades.





¿Qué es eso, en el fondo de nuestra creencia de ver, que vuelve inadmisible que los ciegos ayuden a los no ciegos a aprender a ver? ¿Desde cuándo se nos olvidó que ver, oler, caminar y cantar son aprendizajes en el más amplio sentido de la palabra? La condición de la ceguera, la condición de la falta biológica en general, no es más que la condición humana. No entender el dramatismo y el milagro cultural que implica que solo los humanos entre los demás animales -con excepción de los humanizados como perros y gatos- con "anormalidad" biológica  sobrevivan y más, mucho más allá produzcan vida, es perder el significado antropológico de la educación. Bavcar me hizo recordar a Vygotsky, qué tanto se dedicó a trabajar con ciegos y sordomudos, y con sus palabras termino.

Todo el aparato de la cultura humana (de la forma exterior del comportamiento) está adaptado a la organización psicofisiológica normal del hombre. Toda nuestra cultura presupone un hombre que posee determinados órganos -manos, ojos, oídos- y determinadas funciones del cerebro. Todos nuestros instrumentos, toda la técnica, todos los signos y símbolos están destinados para un tipo normal de persona. De aquí deriva la ilusión de que se da una convergencia, una transición  espontánea, de las formas naturales a las culturales, que en realidad no puede existir por la propia naturaleza de las cosas
En cuanto tenemos ante nosotros un niño que se aparta del tipo humano normal, agravado por la insuficiencia de la organización psicofisiológica, de inmediato, incluso para un observador ingenuo, la convergencia es sustituida por una profunda divergencia, por una discrepancia, por la falta de correspondencia entre las líneas del desarrollo natural y del desarrollo cultural del niño. Librado a su propia suerte y a su desarrollo natural, el niño sordomudo jamás aprenderá el lenguaje y el ciego nunca asimilará la escritura. Aquí acude en ayuda la educación, que crea una técnica artificial, cultural, un sistema especial de signos o símbolos culturales, adaptados a las peculiaridades de la organización psicofisiológica del niño anormal.
Los ciegos y sordomudos son algo así como un experimento de la naturaleza, que demuestra que el desarrollo cultural de la conducta no está vinculado ineludiblemente a una u otra función orgánica. El lenguaje no está ligado forzosamente al aparato fonador, puede realizarse en otro sistema de signos, así como la escritura puede ser trasladada de la forma visual a la táctil.
Los casos de desarrollo anormal permiten observar con máxima claridad esa divergencia en el desarrollo cultural y natural que, en realidad, también existe en un niño normal, pero que aquí aparece con la mayor nitidez [...] lo más importante es que las formas culturales de la conducta constituyen el único camino en la educación del niño anormal. Ese camino es la creación de rodeos del desarrollo, allí donde son imposibles los caminos directos. El lenguaje escrito para los ciegos y la escritura en el aire para los sordomudos son esos caminos psicofisiológicos de rodeo del desarrollo cultural.
Estamos habituados a la idea de que el hombre lee con los ojos y habla con la boca, y sólo el grandioso experimento cultural que ha demostrado que se puede leer con los dedos y hablar con la mano, descubre ante nosotros toda la convencionalidad y dinamismo de las formas culturales de la conducta. Desde el punto de vista psicológico, estas formas de la educación logran superar con éxito lo más importante, a saber: inculcar al niño sordomudo y al ciego el lenguaje y la escritura en el sentido propio de las palabras. Lo importante es que el niño ciego lea, que lea igual que nosotros, aunque esta función cultural se valga de un aparato psicofisiológico completamente diferente al nuestro.
Donde resulta imposible un desarrollo orgánico ulterior, se abre ilimitadamente el camino del desarrollo cultural [...] el desarrollo cultural borra o, más exactamente, convierte en histórica la superación natural de un desarrollo orgánico incompleto.


Como siempre esta es una historia de aprendizajes compartidos. Conocí el trabajo de Bavcar gracias a Alejandra Astudillo, estudiante de Comunicación y Cultura en la UACM, con quien tuve oportunidad de colaborar en su hermoso proyecto de Bestiarios medievales. Gracias Ale.


Sinestesia para ver con el tacto, que mi vista sufre de anestesia


Fuentes y sugerencias

Todas las fotos son de Bavcar, para ver y leer más y escuchar al propio Bavcar hablar de su arte:




Alfabetización audiovisual, @milasolamarquez

Aldous Huxley, El arte de ver




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...